Las Golondrinas en la Tierra del Sol

Me quedé cautivada con la imagen y penetré en sus colores; incluso, toqué las sombras y reflejos de esos árboles y esa tierra mixteca. Lo que ocurrió no fue magia, tampoco casualidad y, entonces, me encontré allí. ¿Un viaje surrealista? No lo sé, pero sucedió. Regresé al pueblo de San Mateo Peñasco aunque no como hoy, sino como antes y me contagié de instantes de esos años en los que como antropóloga, reconocía una región de mucha historia. Estaba justo en el camino que une San Agustín Tlacotepec con Chalcatongo y -frente a mí-, se alzaba Ella; majestuosa, soberbia, elegante.

Una peña que imagino y casi veo con claridad. Quizá una mañana que amanece oliendo a tortilla de maíz, a campo verde y a sonidos de bosque. Entusiasmada y algo nostálgica, suspiré y recordé mis aventuras en ese pueblo y la que tuve, en la inmensa roca.

Y aquí estoy queriendo hablar a mis recuerdos para que juntos, seamos cómplices de un relato, quizá no demasiado real porque los años han pasado, pero intentando recordar lo que fue. Vuelvo a ese tiempo para poder recrear los diálogos y las sensaciones. No es necesario cerrar los ojos, sólo me dejaré llevar… 

Nos levantamos muy temprano Luis y yo dispuestos a escalar esa peña que anteriormente había subido con dos amigas del pueblo. Dos jovencitas que fueron mis inseparables amigas durante los días que viví con tía Bego en su casa. Y fue ella, quien desconfiada, me preguntó:

– ¿Van a ir solos?

– Sí 

– Deberías de llamar a alguien que los guíe. Se pueden perder. Y haciéndole señas a uno de sus hijos para que se acercara, le pidió que fuera rápidamente por Esteban y le dijera que viniera para acompañarnos en nuestro recorrido. 

Alcé la vista y vi la peña. Era perfecta, en ella no había trampa. Veía con claridad su figura y tampoco me parecía tan alta y complicada. Así que le contesté a tía Bego con gran seguridad. 

– ¡No hace falta! No me perderé tía Bego. Sé ir. 

Le sonreí y tomamos los tacos que nos había preparado. Le di un beso en la mejilla de despedida, y le repetí hasta tres veces que no se preocupara, que estaría de vuelta pronto. Ese día por la tarde, tirarían cuetes, anunciando el inicio de las fiestas del pueblo; era quizá un 20 de septiembre a las 9 de la mañana. 

En este punto debo hacer dos aclaraciones. 

La primera es para ubicar a la comunidad de San Mateo Peñasco, localizada en la Mixteca al suroeste del distrito de Tlaxiaco en el estado de Oaxaca. Y es aquí donde realicé el trabajo de campo y la investigación que darían lugar a mi tesis de maestría en antropología social. La segunda, es el porqué del uso de “tía” (xixi) y tío” (xito) para dirigirme a las personas adultas pues esa palabra es señal de respeto para con ellas, así me lo explicó Eugenia. 

Siguiendo con mi relato, recuerdo los ojos de tía Bego, su expresión, sus recomendaciones para que mi osadía e intrepidez reposaran un poco y apareciera la sensatez que encauzara la aventura que pretendía hacer. No era la primera vez que tía sabía de mis caminatas por la Mixteca y mis viajes a la Costa Chica para continuar con mi proyecto de tesis y, cuando aquello sucedía, su sonrisa me preguntaba varios “para qué” y sus palabras me proponían nuevos informantes. Como ella, otras tías intentaron ayudarme a encontrar la respuesta a la famosa interrogante que todo problema de tesis debe tener, a sacar las fotos tan deseadas del proceso de producción de seda, a curarme del mal de ojo que padecí en el pueblo de Pinotepa de Don Luis, a permitirme estar con ellas en su puesto de mercado para observar y tomar nota de lo que veía y a tantas cosas más pero, estas son otras historias. 

– Eres demasiado confiada. Hay gente con más experiencia que se ha perdido en la peña. 

Me detengo un poco en ese instante y veo en su mirada; recelo y duda. De alguna forma, las historias de apariciones o extravíos en quebradas y abismos rodeaban las leyendas de la peña. 

Comenzamos a subir. El día era caluroso así que el agua se nos acabó pronto. Yo llevaba una bolsa de ixtle, de esas que llevan los tacuates donde guardé mi cámara pequeña, ambas cosas más tarde, tendrían un protagonismo absoluto en lo que después sucedería. A medida que avanzábamos, el camino dejó de ser ligero y la senda de terracería empezó a convertirse en pedregosa; los desniveles devoraban el paisaje y nuestra agilidad tomó el relevo a la calma de aquellos pasos firmes y seguros cuando un par de horas antes, divertidos y ufanos contemplábamos el paisaje. Para nosotros era una excusión fantástica, así que empezaron a sonar los click click de mi cámara de fotos. En ocasiones se nos complicaba la escalada pues las rocas eran enormes y casi no teníamos donde apoyar el pie y por ello, no tardé en percatarme de mi equivocación aunque no me importó, pues por lógica, ese camino también llegaba a la cima. 

– ¡Hemos llegado!, ¿Qué hora es? Preguntó Luis. 

– Ya son las tres de la tarde. Hora de comer otro taco y hacer un breve descanso para regresar al pueblo; contesté acomodándome en una explanada verde cerca de la sombra de un gran pedrusco. 

Otra vez saqué mi cámara pensando tomar la mejor foto que pondría en la primera hoja de mi tesis, realmente había subido a la peña por esa foto. Así era yo ¿o soy? 

-¡A bajar! Dije alto, al mismo tiempo que aspiraba el aire puro de ese lugar. 

No recuerdo bien la hora que era pero, en esos momentos, el tiempo pasó de prisa. La tarde caía y nosotros no encontrábamos el camino de vuelta ¡pero se veía tan fácil! ¡Allí estaba el pueblo, cerquita de nuestra mirada!, ¡pero si podía llamar a tía Bego y decirle “¡Ya voy!” 

Tampoco sé cuántos minutos nos llevaba desandar lo que nuestros pasos hacían. Pero dimos varias vueltas. Unas porque de plano, sin saber cómo, regresábamos al mismo lugar una y otra vez; otras porque simplemente, era imposible bajar sin sufrir un accidente y teníamos que retroceder. Fue entonces cuando se me ocurrió utilizar mi bolsa de ixtle como reata y ayudarnos con ella para progresar en nuestros descensos y ascensos. 

– Te toca a ti. ¡Órale, ahí va! 

– Imposible. ¡No puede ser! Eran nuestras palabras que acompañaban a nuestra desesperación. 

Obscurecía, la luz menguaba y sabíamos que pronto, no tendríamos más oportunidades para seguir buscando el camino para regresar al pueblo. Decidimos mejor encontrar un lugar para esperar, ¿esperar? Sí, esperar nuestro rescate. Yo estaba segura que vendrían a buscarnos. Así que en cuanto la penumbra apareció, ambos concluimos que no había que moverse más. 

No recuerdo miedo, ni desconfianza, ni tan siquiera arrepentimiento de mi imprudencia durante esas horas que transcurrían. Sólo sentía frío, mucho frío conforme oscurecía y la temperatura bajaba. 

Mientras esto sucedía en la peña, tía Bego repetía a cada rato a gente del pueblo: “Se ha perdido”. 

– Quizá ya no tarde. Usted no se preocupe. Le contestaban. 

– No, se ha perdido. Respondía contundente. 

– Ella me dijo que estaría aquí sobre las 5, a más tardar las 6. Ya está haciéndose muy tarde y sin luz no podrá bajar. Hay que buscarla. 

Mi compadre Abundio me contó que la tía no mencionó en ningún momento a Luis. Nunca habló en plural. Ella solo se refería a mí. 

Después pude comprobar que para aquella gente, yo era su responsabilidad y era también una amiga que había dejado de ser forastera. Luis era un forastero. 

A las siete tía Bego fue a ver al Presidente Municipal pero como no estaba, habló o intentó hablar con el síndico para pedirle que fueran a buscarme. Sin embargo, debido a la hora y a la fecha, el síndico ya no estaba sobrio y sólo le repetía. 

– Espere usted. Ya regresará., oliendo a mezcal. 

Tía Bego insistió e insistió, hasta que por respuesta obtuvo “iremos mañana, ahora es imposible subir a la peña. No se ve nada y es peligroso”. 

– ¿Mañana? ¡No! Hoy, ahora mismo. 

Me cuentan que su impotencia por lograr convencer a las autoridades para que fueran por mí (por nosotros), hizo que empezara a beber para calmarse. Me consta que tía Bego no bebía, quizá alguna cerveza de vez en cuando pero nada más. Ese día sorprendió a todos llorando y bebiendo y buscando a alguien que quisiera subir a la peña para encontrarme (encontrarnos). Así llegó a buscar a los profesores de la escuela del pueblo; uno de ellos era mi compadre Abundio (al año siguiente me convertiría en madrina de su pequeña hija) quien le dijo: 

– Consígame usted a alguien que pueda guiarnos y voy. Pues llendo solo, me perdería también. 

Pronto tía Bego consiguió que Gustavo, quien conocía bien la peña, mi compadre Abundio y tres personas más, se encaminaran a buscarme, llevando consigo unas lámparas y alguna escopeta. 

De repente, a lo lejos divisamos unas luces. 

– ¡Ya vienen! ¡Nos buscan! Grité. Y presurosa tomé mi cámara para tirar unas fotos pues el flash ayudaría a localizarnos. ¡Bendita cámara! 

Y de esta forma, se entabló una comunicación de luces y sonidos. Esperamos. Tardaron unas horas aún en llegar a nuestro encuentro. Cuando eso pasó, mi compadre me advirtió: 

– Carmen tienes a tía Bego muy disgustada y me abrazaron y felices descendimos la peña. 

Ellos, mis rescatistas, me alumbraban el camino. ¿Luis? Atrás, intentando aferrarse a la penumbra que dejaban las linternas para no caerse. Nadie le alumbraba a él y yo lo hice notar pero, por respuesta vi la sonrisa de mi compadre, diciendo “el que se busque la vida, venimos por ti”. Parecía como que fuera Luis el responsable de ese angustioso día. 

– Vas a encontrar a tía Bego muy borracha. Ha bebido mucho. 

– ¿Tía Bego?, ¿por qué? 

– ¿Por qué crees? Pues por ti, ¿por qué va a ser? 

La bajada de la peña fue de risas pues de vez en cuando resbalábamos y también de larga plática, contando yo mi aventura y ellos, la zozobra que tía Bego había vivido desde las 5 de la tarde, buscando y convenciendo a alguien para que subiera a mi rescate. 

Al llegar al pueblo, me dirigí a casa de tía Bego. Ella ya estaba afuera esperándome. Su casa estaba justo a la entrada del pueblo. Tía Bego me abrazó y lloró y lloró. Me dio un beso y me preguntó si quería comer algo. Le contesté que no y le pedí perdón. Entonces me dijo que me fuera a dormir porque estaría muy cansada. Era tarde, quizá las 2 de la mañana. No hablamos más, ella también se fue a dormir. 

Al día siguiente, recibí la visita del síndico del pueblo que al verme me dijo: 

– Licenciada, no lo vuelva a hacer. Ahora está usted bien pero hoy pudo ser un día trágico. ¿Se da cuenta? 

Han sido estas palabras las que acompañan el recuerdo que tengo de la peña porque encierran muchos sentimientos, una experiencia, una imagen y una fama que días después, caminando por las calles del pueblo, pude comprobar al oír “Cuidado, no se vaya a perder otra vez…” 

Carmen Velasco Hernández 

Madrid a 14 de septiembre de 2014