Hotel Las Golondrinas

Viajar. Viajar es regresar a la esencia, reza un proverbio tibetano. Probablemente la interpretación correcta versa más en lo espiritual, pero a mí, ahora que acabo de regresar de Oaxaca, México, esas seis palabras me hacen pensar en literal. Porque uno cree que conoce un lugar solo por haber estado allí, cuando lo cierto es que hace falta algo más; hay que saber llegar y, a su vez, el lugar tiene que permitirte avanzar. Como dijo la poetisa Anne Hébert, el trayecto se convierte en el motivo y en el sentido último del viaje. Únicamente así es posible alcanzar la esencia, el espíritu del sitio en el que se ha estado; solo profundizando en el camino se llega, se viaja, se conoce verdaderamente un lugar. Viajar es, por tanto, descubrir esos rincones escondidos cargados de verdad, esos lugares en los que pervive la esencia, sea cual sea su localización en el mundo.

En definitiva, uno puede creer que conoce México solo por haber estado en un lujoso resort de Playa del Carmen dos semanas, en plenas festividades del Día de Muertos, desayunando chilaquiles junto a un altar abarrotado de flores de cempasúchil. Pero un día se le da la oportunidad de regresar, y el viaje lleva sus pasos a Oaxaca, a un hotelito de fachada azul construido en una típica casa de vecindad. A un lugar lleno de verdad, de esencia. Y entonces sí, solo entonces uno disfruta de la certeza de haber llegado a México.

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La primera vez que supe del hotel Las Golondrinas fue a través de su actual gerente, la antropóloga Carmen Velasco Hernández. “Tu casa”, recuerdo que me dijo en alusión al establecimiento, con esa calidez y esa impecable corrección tan mexicanas. El nombre del hotel, según supe después, también se escogió con la intención de reforzar esa idea, porque las costumbres migratorias de las golondrinas pasan por establecer un lugar fijo al que regresar. Estas aves de vuelo alegre y canto inquieto no anidan en lugares, sino en hogares… del mismo modo que en el hotel de la familia Velasco Hernández no hay clientes; hay huéspedes a quienes hacer sentir en casa. Por otro lado, los propietarios, don Jorge y doña Guillermina, cuentan que fue el brillo fonético de la palabra golondrina, la musicalidad de su pronunciación, lo que los convenció para terminar de decidirse por el nombre. Cuando se está allí, es fácil comprender que parte del espíritu del hotel tiene que ver con la música, con la armonía, con una mezcla equilibrada entre los sonidos alegres de los pájaros, el viento y el agua en los tres magníficos patios ajardinados de la propiedad, y el confortable silencio que aporta la calma, la relajación de sentirse atendido y cuidado, en familia, en medio de un oasis de color, calidez y carácter tradicional oaxaqueño. La melodía con que uno recuerda Las Golondrinas suena a marimba, a salterio, a alegres acordes de guitarra, instrumentos que perfectamente podrían traducir el canto de esas aves, en su versión más mexicana.

Nada más llegar a la calle de Tinoco y Palacios, a escasos minutos andando de la famosa plaza del Zócalo de Oaxaca, la fachada azul ultramar de Las Golondrinas, recortada contra el amarillo de los taxis de la localidad, sumerge al visitante en una suerte de cuadro expresionista. Incluso antes de poner el pie en el pintoresco zaguán de la entrada de la casa, los ojos ya respiran color. Los que han viajado por México saben que esa tierra es justamente eso: un estallido continuo de contrastes, cómo no, también cromáticos. Y es ahí, aun en el exterior de ese hotelito levantado en una típica casa oaxaqueña de vecindad, donde en el pasado convivían familias dedicadas a las más diversas tareas (zapateros, plomeros, albañiles, costureras, mujeres que hacían tortillas de maíz…), que se puede empezar a percibir esa esencia mexicana. Como señalaba al principio esta crónica, uno siente, frente a la fachada de Las Golondrinas, que ha llegado a un lugar lleno de verdad. Un lugar que respetó sus orígenes, procurando mantener la arquitectura y el diseño de las casas primigenias aun con el desafío de la cercanía y el desnivel del cerro del Fortín, donde la teja, el carrizo, la madera y las paredes de adobe aportan un brillo reminiscente y preciado allá donde uno desee descansar la vista… y el ánimo. Un lugar que conserva con devoción el espíritu con el que no solo fue construido, sino también levantado y cuidado: el trato familiar y la vocación de servicio con el que las antiguas familias convivieron, sin olvidar el ángel que la primera encargada de la administración, doña Petra, depositaba y procuraba en sus tareas, llevando armonía hasta el último rincón, y que quizá aún hoy sigue arrojando luz entre sus trabajadores, completamente entregados -y enamorados, de Las Golondrinas.

Por todo eso, más allá del antiguo zaguán que hace las veces de distribuidor entre la recepción y la sala de estar, se respira una calidez que envuelve y cobija. Ya en la recepción, abierta 24 horas, se percibe ese brillo familiar con el que te reciben las casas con el hogar encendido. Un brillo color caléndula, vibrante, alegre, auténtico, detrás de la sonrisa franca de Enoc, Paty o Hilario.

Una vez dentro, y no de camino sino en el mágico paseo que implica recorrer cualquiera de los tres exuberantes jardines hacia alguna de las veintisiete habitaciones semiescondidas alrededor, uno podría imaginar perfectamente al espíritu de Hemingway, magistral cronista del viaje esencial, sentado en una de las pequeñas terrazas que presiden la entrada de algunas estancias, en una silla de forja verde, bajo una excelsa buganvilla magenta, protegido con un sombrero de petate de la caricia de los pétalos al viento y entregado a un silencio inspirador. O al de Pavese, reposando una taza de chocolate caliente en una de las mesas del patio orientado a la calle Allende y al agasajo de un desayuno inolvidable, reconciliado con sus reflexiones sobre la brutalidad que implica viajar, el desarraigo de perder de vista todo lo conocido y confiable para entregarse a lo extraño, pero a la vez a lo esencial y eterno: el aire, el cielo, la naturaleza, la calma, el descanso, los sueños… la genuina hospitalidad y el cariño de Rosi, Tere, doña Au, o Adilene y su preciosa sonrisa de hoyuelos.

Las Golondrinas es un lugar donde dejar volar los sentidos y anidar la sensibilidad. En palabras de don Jorge Velasco, donde amanecer cada día con la caricia de las flores en la mejilla. El paseo diario entre caléndulas, petunias, geranios, cactus, buganvillas, hiedras, helechos, espatifilos, cintas, arecas, palmeras y plataneros, ese paisaje salpicado por las macetas artesanales de Dolores Porras, típicas de la cercana localidad de Atzompa, es alimento a los ojos de cualquier amante del impresionismo pictórico. Y, para respirar por los oídos, el sonido sordo propio del centro de la ciudad, el trinar lejano de los vendedores de puestos de artesanías en el Zócalo o de las campanas de la cercana iglesia de Santo Domingo de Guzmán –patrimonio cultural de la humanidad convertido en panorama desde la formidable azotea del hotel, cuando en armonía se solapan con el viento enhebrando su melodía entre las hojas de los árboles, y el familiar sonido del carrito de Rosi a su regreso diario del mercado. Ese viaje a lo esencial, que pasa por el amoroso cuidado a los sentidos en el exterior, encuentra su consonancia en el interior de unas habitaciones únicas, cada una con su propio carácter, pero todas ellas mimadas al detalle por las manos artistas de doña Au y Tere, que cada día riegan de pétalos las camas y esculpen graciosas esculturas con las toallas.

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Carmen Velasco no solo me invitó a conocer su hotel. Ella me dio la posibilidad de anidar unos días allí, dejar volar los sentidos y llegar por fin hasta ese pedacito del México más esencial llamado Oaxaca, que los conquistadores españoles compararon con una Antequera de color verde, a mí me parece La Mancha a todo color, y al que, como golondrina alegre e inquieta, ya estoy deseando regresar. Siempre.

6 noviembre, 2017